lunes 20 de julio de 2009

Abismos de pies y manos,
caída eterna,
roe la soledad
el pecho del poeta insomne.


X

viernes 15 de mayo de 2009

Muerto por amor - Giovanni Papini

Biarritz, 6 de septiembre.
Conocí a Runo Elodial en París, hace pocos años, en el estudio de un amigo pintor. Era entonces un hermoso joven rubio, fresco e infantil, agitado por el anhelo de ver, de comprender, de admirar. Fijaba sus glaucos ojos en las telas del estudio como si quisiera asimilarse a ellas, como si pretendiera devorarlas. Su entusiasmo de adolescente apasionado quedó impreso en mi memoria porque era muy raro hallarlo, incluso entre los más jóvenes. Salimos juntos, cruzamos el Sena y nos sentamos en un café de la avenida de los Campos Elíseos, y Runo Elodial no cesó ni un solo instante de manifestarme su gozo de existir, de mirar, de descubrir, de conmoverse frente a la insospechada belleza que notaba hasta en las más mínimas partecitas del mundo. Levantó una hoja de árbol y me hizo notar la finura de la verde grana, el diseño armonioso de los nervios, la perfecta proporción del contorno, la gracia primaveral del dentado. Se detuvo una niña cerca de nosotros, y Runo quedó como extasiado ante la expresión de los labios entreabiertos, ante la transparencia de las rosadas mejillas, ante la morbidez del humilde vestido color verde marino. El rostro de ese joven estaba siempre iluminado, trasmitiéndome su éxtasis, por una sonrisa de ángel feliz. —El mundo es demasiado bello — me dijo en un momento dado, y no sé cómo hacen los hombres para soportar sin peligro tanta felicidad. Quizá no se dan cuenta, quizá se defienden con la ceguera, quizá no son capaces de amar. Yo, en cambio... No quiso decir nada más. Desde aquel día no volví a ver a Runo Elodial, pero jamás pude olvidarlo. Hace pocos días caminaba yo de noche por un paseo de Biarritz cuando vi venir hacia mi una sombra decaída y pálida a la que no reconocí en el momento. Se detuvo a un paso y me dijo con débil voz: —¿No me reconoce? Soy aquel Runo Elodial que estuvo con usted por espacio de algunas horas, en París, hace ya mucho tiempo. Quedé mudo e inmóvil. A pesar de mi buena memoria visual no lograba conciliar la imagen del tenue espectro que tenía delante con la del adolescente florido y fogoso que conociera en París: los cabellos eran todavía rubios, pero escasos y tendiendo a un color ceniza, los ojos parecían estar hundidos en las cavidades orbitales, la espalda estaba algo curvada, la graciosa sonrisa angélica de otrora se había convertido en una cansada contracción de labios casi blancos. Tomó mi mano, y al estrecharla me pareció apretar los pétalos húmedos de una medusa muerta. Finalmente dije que lo reconocía, pero más lo dije por compasión que por convicción. —¿Qué ha sucedido? —le pregunté. ¿Cómo es que se ha transformado de esa manera? —No puedo mantenerme mucho rato de pie —me respondió, discúlpeme. Venga a mi casa y le responderé. Su casa, pequeña y florida, estaba próxima al mar. Se dejó caer en una poltrona y bebió todo el líquido que quedaba en un vaso alto colocado cerca de su sitio. —¿Está usted enfermo? —Mi enfermedad no se encuentra consignada en los tratados de medicina, pero tiene un nombre bastante conocido: se llama amor. —¿Le ha traicionado alguna mujer?, ¿o tal vez ha muerto? —Amé a muchas mujeres y fui correspondido por ellas, pero no son esos amores los que me han llevado al umbral de la muerte. Quizá recuerde usted algunas palabras que le dije en París, estando alrededor de la mesa de aquel café. Lo que temía se ha realizado: soy víctima de la inaudita y universal belleza del mundo. Estoy consumido y muerto por mi sensibilidad jamás adormecida, por mi obstinado entusiasmo, por mi irrefrenable eretismo intelectual, por mi infinito amor hacia todos los seres, hacia todas las cosas. »Voy por una calle, entro en un museo o en un bosque, en un palacio o en una taberna, en una feria campesina o en un jardín de suburbio, y paso así de una maravilla a otra, de un éxtasis a otro. Todo me atrae y me aferra, me inflama, me causa sorpresa y maravilla. Entiéndalo usted bien: todo, sin exceptuar ninguna cosa, todo cuanto veo me fuerza a amar y a admirar: una piedra jaspeada, una flor moribunda, una joven florecida, una pobre prostituta ajada, un árbol sin hojas, las manchas y musgos de una vieja pared, un pensamiento insólito y temerario, un torso de mármol ennegrecido, un dibujo hecho por un niño, una oveja que come hierbas en el campo, la espuma del mar, la nube del atardecer y la estrella de la noche; todas las infinitas ostentaciones del universo me conmueven, me inundan de felicidad, me obligan a deshacer en mil palpitaciones mi corazón de eterno enamorado. »Y no le hablo del arte, que tiene sobre mí un poder irresistible, pavoroso, lacerante. He viajado mucho, pero, cuántas veces, no pudiendo resistir las congojas causadas por repentinas nostalgias, partí apresuradamente para ir a ver la Sainte Chapelle o la Resurrezione de Pier della Francesca, el Sindaco del Villaggio que se admira en el Museo de El Cairo, o la Galatea de Rafael, o los Goya que hay en el Prado, las esculturas de Olimpia, un retrato de Bronzino o de Rembrandt. Era como un amante angustiado por la lejanía del ser amado, que recorre miles de millas para ver, aunque sea por unos pocos minutos, los ojos, la boca, la cabellera, las manos que le han embrujado. »Siento fuertemente, y por eso amo fuerte y perdidamente. Tengo también la malhadada pasión de hacer sentir a los demás lo que yo siento, de querer persuadirles a que amen lo que amo. Por esto siempre estoy excitado, me siento feliz y lacerado, torturado por el recuerdo y la espera, siempre estoy en el fuego del incendio, siempre me veo en movimiento sobre la tierra, siempre intranquilo, lleno de gozo y de locuacidad. »Usted no imagina qué dilapidación de fuerzas, qué gasto de nervios y de sangre me cuesta ese perpetuo amor. Desde hace muchos años casi no puedo dormir, y frecuentemente me olvido de comer. Para el que ama desesperadamente al amor, toda hora de sueño es una hora de ausencia y de pecado, de vergüenza, de martirio. Si el universo es una perenne posibilidad de hacer maravillosos descubrimientos, si la vida es un milagro continuo, si el amor, el amor desinteresado y fiel es la única ocupación digna de un hombre, entonces la indiferencia y el olvido son culpas inexpiables contra el espíritu y contra Dios. Pero esa llama interna me ha consumido, me derrite, me destruye, me mata. Siento que no puedo resistir más, que estoy ya en vísperas del fin. Hércules pudo arrancarse de encima su vestido de fuego, pero mi fuego está en lo interior, me quema hasta las últimas fibras en cada instante. Perdóneme que no le pueda decir cosas diversas, que no pueda darle otras noticias respecto de mi persona. Quizá no volveremos a vernos. Acuérdese de mí. El amor ha saturado y colmado mi vida, el amor me mata, ¡adiós!». Dos días después fui a la casita de Runo Elodial y golpeé a la puerta con ánimo de pedir noticias acerca del joven. Salió una anciana vestida de blanco, quien me dijo que Runo había expirado la noche anterior.

martes 10 de febrero de 2009

El Monje Negro - Anton Chejov (extracto)

De nuevo llegó el verano, y el doctor le ordenó ir al campo. Kóvrin ya se había recuperado, dejado de ver al monje negro, y le quedaba sólo reanimar sus fuerzas físicas. Viviendo en la casa del suegro, en el campo, tomaba mucha leche, trabajaba sólo dos horas al día, no bebía vino y no fumaba.El día de San Elías, por la noche, celebraron víspera en la casa. Cuando el sacristán le dio el incensario al sacerdote, la sala vieja, enorme, empezó a oler como un cementerio, y Kóvrin se sintió aburrido. Salió al jardín. Sin advertir las flores exuberantes, paseó por el jardín, se sentó en el banco, después se paseó por el parque; al llegar al río descendió y estuvo parado allí meditando, mirando el agua. Los pinos sombríos de raíces peludas, que el año pasado lo habían visto aquí tan joven, jubiloso y animado, ahora no susurraban, sino estaban inmóviles y mudos, como si no lo reconocieran. Y en realidad, su cabeza estaba pelada, sus bonitos cabellos largos ya no estaban, su andar era lánguido, su rostro, en comparación con el verano pasado, había engordado y palidecido.Por los troncos pasó a la otra orilla. Allí, donde el año pasado había centeno, yacían ahora hileras de avena segada. El sol ya se había puesto, y en el horizonte se encendía un amplio crepúsculo rojizo, que vaticinaba tiempo ventoso para mañana. Había silencio. Escrutando en la dirección, donde el año pasado se había mostrado por primera vez el monje negro, Kóvrin estuvo parado unos veinte minutos, mientras no empezó a apagarse el crepúsculo vespertino…Cuando lánguido, insatisfecho, regresó a la casa, la víspera ya había terminado. Yegór Semiónich y Tania estaban sentados en los peldaños de la terraza y tomaban té. Hablaban de algo pero, al ver a Kóvrin, se callaron de pronto, y él concluyó por sus rostros que la conversación había sido sobre él.-A ti, me parece, ya te es hora de tomar la leche, -dijo Tania al marido.-No, no me es hora… -respondió, sentándose en el peldaño más bajo. –Toma tú. Yo no quiero.Tania, alarmada, intercambió una mirada con su padre y dijo con voz culpable:-Tú mismo notas que la leche te sienta bien.-¡Sí, muy bien! –sonrió con malicia Kóvrin. –Los felicito: después del viernes aumenté otra libra de peso. –Se apretó la cabeza con las manos fuertemente y profirió con angustia: -¿Para qué, para qué me curaron? Las medicinas de bromuro, la ociosidad, los baños tibios, la vigilancia, el miedo pusilánime por cada sorbo, por cada paso; todo eso, al final de todo, me va a conducir al idiotismo. Yo me volví loco, tenía manía de grandeza, pero en cambio estaba contento, animado, y hasta feliz, era interesante y original. Ahora me hice más razonable y respetable, pero en cambio soy como todos: una mediocridad, me aburre vivir… ¡Oh, de que modo cruel procedieron conmigo! Yo tenía alucinaciones, ¿pero a quien molestaba? Pregunto: ¿a quién molestaba?-¡Dios sabe lo que dices! –suspiró Yegór Semiónich. –Hasta escuchar es aburrido.-Y usted no escuche.La presencia de personas, en particular de Yegór Semiónich, irritaba ya ahora a Kóvrin; le respondió con sequedad, frialdad e incluso grosería, y no lo miraba de otra forma que con burla y odio, y Yegór Semiónich se turbaba y tosía de modo culpable, aunque por sí mismo no sentía ninguna culpa. Sin entender por qué habían cambiado tan bruscamente sus tiernas, bondadosas relaciones, Tania se apretaba a su padre y, alarmada, le echaba miradas a los ojos; quería entender y no podía, y para ella estaba claro sólo que las relaciones se ponían cada día peor y peor, que su padre en los últimos tiempos había envejecido fuertemente, y que su esposo se había vuelto irritable, caprichoso, reparador y no interesante. Ella ya no podía reírse y cantar, en el almuerzo no comía nada, no dormía por noches enteras, esperando algo terrible, y se torturaba tanto, que una vez estuvo acostada con un desmayo desde el almuerzo hasta la noche. Durante la víspera le pareció que su padre lloraba, y ahora, cuando los tres estaban sentados en la terraza, hizo un esfuerzo consigo para no pensar en eso.-¡Qué dichosos fueron Buda y Mahoma, o Shakespeare, en que los buenos parientes y los doctores no los curaron del éxtasis y la inspiración! –dijo Kóvrin. –Si Mahoma hubiera tomado bromuro de potasio para los nervios, trabajado sólo dos horas al día y tomado leche, pues después de ese hombre notable hubiera quedado tan poco, como después de su perro. Los doctores y los buenos parientes van a hacer, al final de todo, que la humanidad se embrutezca, la mediocridad se considere genial y la civilización muera. ¡Si supieran, -dijo Kóvrin con fastidio, -qué agradecido les estoy!Sintió una irritación fuerte y, para no decir algo superfluo, se levantó con rapidez y fue a la casa. Había silencio, y por las ventanas abiertas se expandía desde el jardín el aroma del tabaco y la jalapa. En la sala enorme, oscura, yacía en el suelo y sobre el piano de cola, en manchas verdosas, la luz de la luna. Kóvrin recordó los éxtasis del verano pasado, cuando olía asimismo a jalapa y la luna brillaba en la ventana. Para hacer volver el estado de ánimo del año pasado, fue con rapidez a su gabinete, encendió un puro robusto y le ordenó al lacayo traer vino. Pero el puro se le hizo en la boca amargo y repulsivo, y el vino resultó no tener el sabor del año pasado. ¡Lo que significaba perder la costumbre! Con el puro y los dos sorbos de vino le empezó a dar vueltas la cabeza y a palpitar el corazón, de modo que fue necesario tomar bromuro de potasio.Antes de acostarse a dormir, Tania le dijo:-Mi padre te adora. Tú estás enojado con él por algo, y eso lo mata. Mira: él sufre no por días, sino por horas. Te suplico, Andriúsha, por Dios, por tu difunto padre, por mi tranquilidad, ¡sé cariñoso con él!-No puedo y no quiero.-¿Pero por qué? –preguntó Tania, empezando a temblar con todo el cuerpo. –Explícame, ¿por qué?-Porque no me es simpático, eso es todo, -dijo Kóvrin con descuido y se encogió de hombros, -pero no vamos a hablar de él: es tu padre.-¡No puedo, no puedo entender! –profirió Tania apretándose las sienes y mirando hacia un punto. –Algo inconcebible, terrible pasa en nuestra casa. Tú has cambiado, no te pareces a ti mismo… Tú, un hombre inteligente, extraordinario, te irritas por tonterías, te metes en disputas… Te inquietan unas pequeñeces que, simplemente, te asombras otra vez, y no lo crees: ¿eres tú acaso? Bueno, bueno, no te enojes, no te enojes, -continuó ella asustada de sus palabras y besándole las manos.-Tú eres bueno, inteligente, generoso. Tú vas a ser justo con mi padre. ¡Él es tan bueno!-Él no es bueno, sino bondadoso. Los tíos de vodevil, como tu padre, con sus fisonomías saciadas, bondadosas, sumamente hospitalarios y extravagantes, alguna vez me conmovieron y me divirtieron en los relatos, en los vodeviles, en la vida, pero ahora me repugnan. Son egoístas hasta la médula de los huesos. Lo que más me repugna es su saciedad, y ese optimismo estomacal, puramente bovino o porcino.Tania se sentó en la cama y puso la cabeza sobre la almohada.-Esto es una tortura, -profirió, y por su voz se veía que estaba fatigada en extremo y le era penoso hablar. –Desde el mismo invierno ni un instante tranquilo… ¡Pues esto es horrible, Dios mío! Yo sufro…-Sí, por supuesto, yo soy Herodes, y tú y tu pápienka son los inocentes degollados. ¡Por supuesto!Su rostro le pareció a Tania no bonito y desagradable. El odio y la expresión burlona no le iban. Y además, desde antes había advertido que a su rostro le faltaba ya algo, como si desde que se hubiera pelado le hubiera cambiado el rostro. Quiso decirle algo ofensivo, pero al instante se pescó en un sentimiento animadverso, se asustó y salió del dormitorio.

viernes 26 de diciembre de 2008

La belleza inútil

-Y ¿qué le vas a hacer? Es la Naturaleza.

-Sí; pero yo sostengo que la Naturaleza es nuestra enemiga, que debemos luchar siempre contra ella, porque tiende siempre a reducirnos a la vida animal. Lo que hay en la tierra de limpio, de bonito, de elegante y de ideal no es obra de Dios, sino del hombre, del cerebro humano. Somos nosotros los que nos hemos apoderado de la creación, cantándola, interpretándola, admirándola como poetas, idealizándola como artistas, explicándolo como sabios, que se equivocan, es cierto, pero que encuentran razones ingeniosas y un poco de gracia, de belleza, de encanto oculto y de misterio a los fenómenos. Dios no hizo sino unos seres groseros, llenos de gérmenes de enfermedades, y que, después de unos pocos años de florecimiento animal, envejecen con todas las dolencias, fealdades y decrepitudes humanas. Parece que no los hubiera hecho sino para reproducirse asquerosamente y morir a continuación, como los efímeros insectos de las noches otoñales. He dicho "para reproducirse asquerosamente" y lo sostengo, e insisto. ¿Hay, en efecto, algo más innoble y repugnante que el acto indecente y ridículo de la reproducción de los seres, acto contra el cual se rebelan y se rebelarán eternamente todas las almas delicadas?
Este Creador económico y malévolo que a todos los órganos ideados por Él dio dos finalidades distintas, ¿por qué no confió esta misión sagrada, la más noble y la más sagrada de las actividades humanas, a otros órganos menos desaseados y sucios? La boca, que nutre al cuerpo con los alimentos materiales, derrama también la palabra y el pensamiento. Sana la carne, al mismo tiempo que comunica la idea. El olfato, que proporciona el aire vital a los pulmones, lleva al cerebro todos los perfumes del mundo: el de las flores, el de los bosques, el de los árboles, el de la mar. La oreja, con la que recibimos la comunicación de nuestros semejantes, nos ha permitido asimismo inventar la música, y con ella el ensueño, la dicha, el infinito, además del placer físico del sonido. Pero cualquiera diría que el Creador, astuto y cínico, quiso privar para siempre al hombre de la posibilidad de ennoblecer, revestir de belleza, idealizar su unión con la mujer. Sin embargo, el hombre ha descubierto el amor, lo cual ya es algo, como réplica al Dios marrullero, y ha sabido ataviarlo tan bien de poesía literaria, que consigue que la mujer olvide a veces los contactos a que se ve sometida. Y aquellos de nosotros que sienten su impotencia para engañarse exaltándose, han inventado el vicio y refinado el libertinaje, lo cual constituye igualmente una manera de chasquear a Dios y de rendir homenaje a la belleza, aunque sea un homenaje impúdico. Pero el ser normal hace hijos a estilo de bestia apareada por la ley. ¡Fíjate en esa mujer! ¿No da grima pensar que semejante alhaja, que una perla como ésa, nacida para ser hermosa, admirada, festejada y adorada, haya tenido que pasar once años de su vida dando herederos al conde de Mascaret?

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-¿Sabes cómo concibo yo a Dios? -dijo-. Como a un monstruoso órgano creador, desconocido de nosotros, que siembra por el espacio millones de mundos, de la misma manera que un pez sembraría sus huevos en la mar si estuviese solo. Crea, porque crear es la función de Dios; pero no sabe lo que hace, es estúpidamente prolífico y no tiene conciencia de toda la serie de combinaciones a que da lugar con la difusión de sus gérmenes. Uno de los pequeños accidentes imprevistos de sus fecundidades ha sido el pensamiento humano; accidente local, pasajero, imprevisto, condenado a desaparecer con la tierra, para resurgir aquí o en otra parte, igual o distinto, en alguna de las combinaciones nuevas del eterno recomenzar de las cosas. Este pequeño accidente de la inteligencia tiene la culpa de que nos sintamos tan incómodos en lo que no había sido hecho ex profeso para nosotros, en lo que no estaba preparado para recibir, alojar, alimentar y dar satisfacción a seres dotados de pensamiento; y él también nos obliga a luchar constantemente, una vez que hemos llegado a ser verdaderamente refinados y civilizados, contra eso que se sigue llamando los designios de la Providencia.

Grandin, que lo escuchaba con atención, porque conocía de tiempo atrás las deslumbradoras paradojas de su fantasía, le preguntó:
-Según eso, ¿el pensamiento humano es un producto espontáneo de la ciega fecundidad divina?

-¡Desde luego! Una función fortuita de los centros nerviosos de nuestro cerebro, por el estilo de las reacciones químicas imprevistas producidas por nuevas mezclas por el estilo también de una producción de electricidad creada por frotamientos o yuxtaposiciones inesperadas, parecidas, en fin, a todos los fenómenos engendrados por las fermentaciones infinitas y fecundas de la materia viva. Amigo mío, basta mirar a nuestro alrededor para que se nos entre la prueba por los ojos. Si un creador consciente hubiese previsto que el pensamiento humano había de llegar a ser lo que es hoy, una cosa tan distinta del pensamiento y de la resignación de los animales, exigente, investigadora, agitada, inquieta, ¿hubiera creado para recibir al hombre de hoy este incómodo recinto de animaluchos, este campo de hortalizas, esta huerta de legumbres silvestres, rocosa y esférica, que nuestra imprevisora Providencia nos preparó para que viviésemos en él desnudos, dentro de grutas o en los árboles, alimentándonos con la carne de los animales, hermanos nuestros, qué matásemos, o con hierbas crudas que crecen a la intemperie del sol o de la lluvia?
"Basta un segundo de reflexión para comprender que este mundo no ha sido hecho para criaturas como nosotros. El pensamiento, que brotó y se desarrolló por un milagro nervioso de las células de nuestro cerebro, hace de todos nosotros, los intelectuales, unos lamentables y perpetuos desterrados en la tierra, porque es y será siempre impotente, ignorante y lleno de confusiones.

"Contémplala, a esta tierra nuestra, tal y como Dios la ha entregado a los que en ella habitan. ¿No es evidente que está dispuesta, con sus plantas y bosques, únicamente para que vivan en ella animales? ¿Qué se encuentra en ella para nosotros? Nada. Ellos, en cambio, lo tienen todo: las cavernas, los árboles, el follaje, los manantiales, el cobijo, el alimento y la bebida. Por eso las personas exigentes como yo se encuentran siempre en ella a disgusto. Tan sólo aquellos que se parecen mucho al bruto están aquí contentos y satisfechos. Los demás, los poetas, los exquisitos, los soñadores, los investigadores, los inquietos... ¡Ah, qué pobres diablos!

"Comemos repollos y zanahorias, sí señor, y cebollas, nabos y rábanos, porque no hemos tenido más remedio que acostumbrarnos a comer todas esas cosas y hasta a aficionarnos a ellas, porque es lo único que aquí se cría; pero lo cierto es que se trata de una comida de conejos y de cabras, lo mismo que la hierba y el trébol son alimentos de caballos y de vacas. Cuando contemplo las espigas de un campo de trigo maduro, no pongo ni por un momento en duda que aquello ha brotado del suelo para que se lo coma el pico de los gorriones o de las alondras, pero no mi boca. Por consiguiente, cuando mastico el pan, no hago otra cosa que robar lo suyo a los pájaros, lo mismo que les robo a la comadreja y a la zorra cuando como gallinas. La codorniz, la paloma y la perdiz, ¿no son la presa natural del gavilán? El carnero, el corzo y el buey, ¿no lo son de los grandes animales carniceros? ¿O es que creemos que están destinados al engorde, para que nos sirvan a nosotros su carne asada, con trufas que los cerdos desentierran ex profeso para nosotros?

"Los animales no tienen aquí abajo otra preocupación que la de vivir. Están en su propia casa, alojados y alimentados, y no tienen que ocuparse más que de pacer, cazar o comerse entre ellos, de acuerdo con sus instintos, porque Dios no previó jamás la benignidad y las costumbres pacíficas; lo único que Él ha previsto es la muerte de los seres, que se destruyen unos a otros y se devoran con encarnizamiento.

"En cuanto a nosotros, ¡qué de trabajo, esfuerzos, paciencia, inventiva, imaginación; qué de habilidad, talento y genio han sido necesarios para hacer casi habitable este suelo pedregoso y salvaje!

"Piensa por un momento en todo lo que hemos tenido que llevar a cabo, a pesar de la Naturaleza o contra la Naturaleza, para instalarnos de una manera menos que mediana, con muy poca comodidad y elegancia, en condiciones indignas de nosotros.

"Cuanto más civilizados, inteligentes y refinados seamos, más obligados estamos a vencer y domar el instinto animal, que es la representación dentro de nosotros de la voluntad de Dios.

"Piensa en que hemos tenido necesidad de inventar la civilización, conjunto que tantas cosas abarca, tantas, tantísimas, desde los calcetines hasta el teléfono. Piensa en todo lo que tienes delante de los ojos todos los días, en todas las cosas de que nos servimos de una manera u otra.

"Para hacer más llevadero nuestro destino de brutos, hemos descubierto y fabricado toda clase de objetos, empezando por las casas y siguiendo por los alimentos más exquisitos, bombones, pastelería, bebidas, licores, telas, vestidos, adornos, camas, colchones, carruajes, ferrocarriles y toda suerte de máquinas; hemos descubierto, además, las ciencias y las artes, La escritura y los versos. Sí; hemos creado las artes, la poesía, la música, la pintura. De nosotros, los hombres, arranca todo el ideal, y también toda la coquetería de la vida, el atavío de las mujeres y el talento de los hombres, cosas todas que han acabado por adornar, por hacer menos árida, monótona y dura esta existencia de simples reproductores, única para la que nos infundió aliento la divina Providencia.

"Fíjate en este teatro. ¿Qué ves aquí dentro sino un mundo no previsto por los destinos inmortales, ignorado por ellos, que sólo nuestras inteligencias son capaces de comprender; una distracción agradable, sensual e inteligente, inventada ex profeso para nosotros, bestezuelas descontentadizas e inquietas?

"Observa a esa mujer, la señora de Mascaret. Dios la hizo para vivir en una caverna, desnuda o arrebujada en pieles de animales. ¿No está mucho mejor tal como la vemos? Y, a propósito: ¿se sabe cómo y por qué su marido, teniendo a su lado una compañera como ella, la abandonó de pronto y se dio a correr detrás de cualquier perdida, sobre todo después de haber sido lo bastante patán para hacerla siete veces madre?

Guy de Maupassant

martes 16 de diciembre de 2008

La noche, la droguería, la calle, el farol

La noche, la droguería, la calle, el farol,
Mundo absurdo e insípido.
Vive aunque sea un cuarto de siglo más
Y todo será lo mismo. No hay salida.

Morirás -empezarás otra vez desde el comienzo
Todo se repetirá como antaño:
La noche, el helado escarceo en el canal,
La droguería, la calle y el farol.

Aleksandr Blok

Solo son tuyas la verdad y la muerte

Sólo son tuyas -de verdad- la memoria y la muerte,
la memoria que borra y desfigura
y la sombra de la muerte que aguarda.
Sólo fantasmales recuerdos y la nada
se reparten tu herencia sin destino.
Después de sucios tratos y mentiras,
de gestos a destiempo y de palabras
-irreales palabras ilusorias-,
sólo un testamento de ceniza
que el viento mueve, esparce y desordena.

Juan Luis Panero

sábado 1 de noviembre de 2008

Por Vallejo

Ya todo estaba escrito cuando Vallejo dijo: -Todavía.
Y le arrancó esta pluma al viejo cóndor
del énfasis. El tiempo es todavía,
la rosa es todavía y aunque pase el verano, y las estrellas
de todos los veranos, el hombre es todavía.

Nada pasó. Pero alguien que se llamaba César en peruano
y en piedra más que piedra, dio en la cumbre
del oxígeno hermoso. Las raíces
lo siguieron sangrientas cada día más lúcido. Lo fueron
secando, y ni París pudo salvarle el hueso ni el martirio.

Ninguno fue tan hondo por las médulas vivas del origen
ni nos habló en la música que decimos América
porque éste únicamente sacó el ser de la piedra más oscura
cuando nos vio la suerte debajo de las olas
en el vacío de la mano.

Cada cual su Vallejo doloroso y gozoso.
No en París
donde lloré por su alma,
no en la nube violenta que me dio a diez mil metros la certeza terrestre de su rostro
sobre la nieve libre, sino en esto
de respirar la espina mortal, estoy seguro
del que baja y me dice: -Todavía.

Gonzalo Rojas